El que quiere celeste, que le cueste

UN NUEVO HOGAR CON VARIAS TRAMPAS

Los inmigrantes que desde hace una década llegan desde el Caribe y Sudamérica están cambiando el paisaje de Montevideo, pero esto no convence a todos. Según una encuesta inédita, el 45% de los uruguayos cree que la inmigración es una mala noticia para el país.

La historia se repite, pero los protagonistas son otros. Luego de las oleadas migratorias de italianos y españoles que bajaron de los barcos a lo largo de un siglo, los inmigrantes que están llegando desde hace una década vienen por aire, tierra y mar desde el Caribe y otros lugares sudamericanos que creíamos lejanos. Venezolanos, dominicanos, cubanos, peruanos y colombianos eligen esta tierra para cumplir un sueño americano diseñado a la medida de un país de acogida como el nuestro, que ofrece cierto dinamismo laboral y una legislación que les asegura los mismos derechos que al resto de sus ciudadanos pero, según testimonios, aún no controla que esta promesa se cumpla.

En los últimos nueve años se entregaron más de 34.000 residencias a extranjeros. Durante este período, la cantidad de inmigrantes superó a los uruguayos que emigraron. El 2011 fue un año atípico: llegó más gente que nunca. El 15% eran nacidos en países de la región distintos de Argentina y Brasil, sobre todo en República Dominicana y Venezuela. Sin embargo, cuatro años después este porcentaje descendió al 10,4%. Lo que pasó fue que varios dominicanos desencantados por salarios más bajos de lo que esperaban y un costo de vida alto, retornaron. Otros tantos dejaron de venir debido a la visa que se les exige desde 2014.

Los expertos coinciden en que la ley migratoria 18.250, promulgada en 2008, es vanguardista ya que estipuló que la inmigración es un derecho y creó una Junta Nacional de Migración como órgano coordinador de políticas migratorias. Todavía más fuerte fue aplaudida la modificación de 2014, que ofrece la residencia permanente a ciudadanos nacidos en los países miembros del Mercosur y estados asociados. Esta rareza en la región nos posiciona como un destino amigable, y es la razón principal de que cada mes 60 venezolanos se radiquen en nuestro país.

Como consecuencia, las calles de Montevideo están cambiando de color. Los turistas rubios se mezclan con migrantes de tez oscura y piel negra que hablan como si estuvieran cantando, cantan mientras caminan y caminan como si bailaran. Hay nuevos rostros, acentos, comidas y costumbres integrándose al entorno. Pero el paisaje que para algunos puede ser renovador y estimulante, para otros es una amenaza.

Unos días atrás, los investigadores Martín Koolhas y Sofía Robaina visitaron Radio Uruguay, y en el programa De ocho a diez adelantaron que, según una encuesta telefónica que realizó Equipos Mori, la mitad de los uruguayos cree que la inmigración no es algo bueno. Esta noticia contradice el imaginario de sociedad tolerante y generosa con el que se suele identificar a Uruguay: un país de puertas abiertas hecho de inmigrantes y con una tasa de emigración cercana al 10%. El dato impacta aún más si está acompañado de las conclusiones que arrojó un estudio realizado por el Ministerio de Desarrollo Social (Caracterización de las nuevas corrientes migratorias en Uruguay) para analizar la integración de estos inmigrantes. La investigación demuestra que la discriminación está a la vuelta de la esquina y que, al final de cuentas, quizá no seamos tan buenos anfitriones.

“Estas voces nos devuelven el reflejo de lo que somos y nos muestran lo que queremos y lo que muchas veces no queremos ver”, escribió Federico Graña, director nacional de Promoción Sociocultural del Mides, en el prólogo de este estudio. Patricia Gainza, responsable de la división Derechos Humanos de ese ministerio, dijo que los desafíos son muchos y diversos, “desde la superación de la atomización, donde la profundización en el tema migratorio implica una perspectiva común de toda la administración pública y de las instituciones encargadas de ejecutar la política migratoria, hasta la transversalización del tema migratorio en otras políticas estatales”.

Considerando que en las últimas dos décadas más de 30 millones de personas se movilizaron dentro y fuera de América Latina y el Caribe, este documento pone sobre la mesa la urgencia de que la región mejore sus políticas migratorias. Y de que Uruguay —al que se considera un ejemplo en la región— se asegure de que haya una coherencia entre lo que dice hacia afuera y lo que hace puertas adentro, para no correr el riesgo de que la presencia de inmigrantes se vuelva una mosca en la sopa.

Los inquilinos.

Por lo menos el primer año en Uruguay suele ser una bienvenida con espinas. Los tropezones comienzan con la vivienda, una historia repetida según la cual los recién llegados pasan sus primeras noches en pensiones que, en varios casos, ni siquiera cuentan con una habilitación municipal.

Rosalba, una venezolana de 33 años y pura sonrisa, cuenta que pasó sus primeros 10 días en cama porque la abundante humedad de la habitación la enfermó. A pesar de las malas condiciones, le cobraron $ 8.500 por un mes de estadía. Luego se mudó a otro hospedaje “un poquito mejor”, pero una noche de cero grados de temperatura se despertó congelada porque desde el techo le caían gotas de agua helada. Esta vez pagó $ 13.500. Se mudó otras tres veces, hasta que alquiló una habitación en un centro cultural del Parque Rodó en el que vive junto a su pareja y tres amigos, todos venezolanos. El precio es justo y ella siente que es casi un hogar. Como la mayoría de los inmigrantes está esperando a conseguir un trabajo estable para acceder a una garantía de alquiler y traer a su madre y a su hermano. Rosalba sueña con que su vida mejore antes de Navidad.

Según la investigación del Mides, el acceso a la vivienda es igual de dificultoso que para un uruguayo promedio. Además, ambas poblaciones comparten el porcentaje de trabajadores afectados por la informalidad (25%), factor determinante para tener una garantía. Pero la desventaja de los inmigrantes se incrementa: el 38% que tiene un empleo formal, únicamente es contratado para trabajos tercerizados y precarios.

La presencia de un extraño en la puerta de un edificio ocupado en la calle 25 de Mayo altera el flujo de la cuadra, una de las más transitadas por peruanos. Los que regresan de su jornada laboral se amontonan en las esquinas o en la vereda de enfrente, miran desde lejos y dicen que no viven ahí. El panorama cambia cuando Senovia, una peruana de 55 años y personalidad combativa, baja tres pisos por escalera con la palabra en la boca: “Tenemos miedo porque nos quieren sacar”, explica. Pronto la rodean los vecinos que antes no se animaban a entrar.

Senovia cuenta que llegó hace 20 años y que lleva 11 allí, metida en un apartamento en el que vive una familia por habitación. Cada puerta está cerrada con candado, igual que el portón de entrada recién pintado de verde. Son 23 familias, 20 de ellas peruanas, que tomaron el espacio que antes habían ocupado unos uruguayos y “tenían en pésimas condiciones”. El edificio está maltrecho pero limpio, y allí ella es la que manda. Ya tuvo que lidiar con una boca de venta de drogas que les bloqueó el paso colocando una puerta de hierro en la única escalera. “Nos unimos, cortamos la puerta, trajimos a la Policía y los sacamos”, recuerda.

Ni se permite pensar en alquilar, porque cuando averiguó cómo hacer le pidieron 10 meses de depósito (aunque el máximo permitido son seis): tenía que juntar casi $ 150.000. A los peruanos que llegan les da como primer consejo que averigüen cuáles son sus derechos, “porque el 90% de los uruguayos no los respetan. Estamos hartos de historias de patrones que maltratan y no nos pagan los aguinaldos, salarios vacacionales ni despidos. Una vez hice la denuncia en el Ministerio de Trabajo, firmé el despido, pero nunca lo cobré porque la abogada se quedó con todo el dinero”.

Más es menos.

Fernando, cubano, se convirtió en uno de los rostros treintañeros más vistos en los comerciales de televisión. Trabaja como modelo publicitario para tener un ingreso que complemente su salario de periodista. Pasó un año aceptando cualquier trabajo hasta dar con una oferta relacionada con su profesión. Este es un proceso que encuentra normal: “Lo nuestro aquí es una búsqueda constante de trabajo y realización”. Dice que se siente discriminado, pero de una forma soterrada, como cuando le responden que “si la cosa está difícil para nosotros imagínate para vos; es como si me estuvieran advirtiendo que tengo que ubicarme en el final de la fila”.

Los cubanos y los venezolanos son los núcleos mejor formados: el 48% de los hombres y el 45% de las mujeres completó estudios terciarios, mientras que los uruguayos llegan al 9% y el 15% respectivamente. Sin embargo, el 18% de las mujeres no consigue trabajo, y cuando lo hace tiene el doble de riesgo de estar sobrecalificada. Para ellas suelen estar reservadas las tareas de limpieza y cuidado de niños y adultos mayores. En el informe, Gainza hace notar que esto “no hace más que reafirmar los roles de género”.

Algo parecido le sucede a Natalie, que dice que Venezuela la preparó para competir: “Allá somos millones de profesionales peleando por los mejores puestos”. Es ingeniera civil, tiene estudios de inglés en Inglaterra y un posgrado, pero lleva un año y siete meses como moza. “A veces vienen personas y los escucho hablar de esas cosas que yo hacía en mi trabajo, y pienso que yo era una de ellos, yo estaba sentada en esa mesa que ahora tengo que servir”.

Natalie vive una pesadilla kafkiana con la revalidación del título, demora que ya lleva el doble del tiempo estipulado, otro de los tropezones habituales que sufren los inmigrantes. “Pero mientras espero ni siquiera me dan la oportunidad de tener entrevistas de trabajo en lo mío. Fui a dos, en una quedé finalista entre 169 postulantes, pero eligieron a la otra opción: un hombre y uruguayo”.

Rosalba, su compatriota, está en la misma situación. Psicóloga, solía atender a 12 pacientes cada día, dar conferencias y dictar talleres de psicodrama. En Uruguay, lleva 11 meses preparando currículum que nadie contesta. “Entonces fui a buscar al decano de la Facultad de Psicología para preguntarle en qué debía mejorar. Hablé con él y me dijo: Si querés trabajar acá tenés que conocer a alguien, si no es imposible”, cuenta.

Según este estudio, en un contexto de poco trabajo, el 70% cree que se debe priorizar a un trabajador local frente al extranjero. Sin embargo, estos investigadores aseguran que no hay datos que justifiquen una sensación de competencia.

Al por mayor.

La discriminación se siente de distintas maneras. Los más vulnerables la sufren en el mercado laboral con sueldos de hasta $ 8.000 (que algunas veces incluso se quedan sin cobrar) o con jornadas laborales que alcanzan las 16 horas. Jhon Santos es dominicano y dice que tres años le alcanzaron para integrarse. Ya lleva más de 10 trabajos distintos, que cambia cada vez que aparece una oferta mejor o se siente “demasiado explotado”, como cuando empaquetó pollos: “El peor trabajo que existe, incluso para los dominicanos”, bromea. El dinamismo es tal que asegura que nunca tuvo que ponerse a buscar en el diario. “¿Que cómo me entero? Yo veo a un guardia de seguridad y le pregunto ¿cuál es la dirección de la empresa? Voy y me presento. Mi mentalidad es ganar un sueldo, no me importa qué tengo que hacer”.

Jhon también es cantante de rap y reguetón, su nombre artístico es “Chipijamel La Pillama (La Bestia)”. A Montevideo vino de vacaciones a visitar a una hermana. Apenas 24 horas después de aterrizar hizo la fila en la Dirección Nacional de Migración para solicitar la residencia. Una semana después le dieron la cédula.

Esos tiempos de agilidad ya no existen, el proceso ahora es mucho más lento. Por ejemplo, el hermano de Fernando lleva dos meses en el país sin cédula de identidad. Para un extranjero este documento es fundamental para comenzar a trabajar y registrarse en ASSE (aunque en casos de urgencia se acepta el pasaporte). La salud es una de las patas enclenques de las políticas migratorias. Más del 16% dice que a falta de un trabajo formal no tiene cobertura.

A los niños el sistema sí les hace la vida más fácil. Si se observa la segunda generación de inmigrantes (los hijos nacidos o que crecen aquí), la escolarización y el acceso a políticas de seguridad social destinadas a la infancia es del 100%. Sin embargo, hay variables que el gobierno no puede prever. En la puerta del edificio de los peruanos tres mujeres cuentan un caso que las tiene nerviosas: una familia se marchó porque sus hijos eran víctimas de bullying: unos niños de nueve años les pegaban por ser extranjeros. “Les decían que habían venido a robar el trabajo y sacarles la comida, que tenían que irse porque ellos son los dueños del país y que aquí no los quieren”.

A pesar de los momentos amargos, a muchos de estos inmigrantes hay que insistirles para que cuenten las anécdotas tristes, porque la gran mayoría no siente que está de paso sino integrándose a su nuevo hogar. Fernando se casó con un uruguayo, algo que no habría podido hacer en Cuba. Rapeando, Jhon conoció a otros músicos que le produjeron y grabaron varios temas que él asegura que van a sonar en las calles de Montevideo. Rosalba, que pasó un día entero llorando cuando un compañero del trabajo le dijo “muerta de hambre”, dice que no piensa en irse porque Uruguay es un país lleno de oportunidades, solo hay que saber dónde encontrarlas. “Yo sé que mi situación acá va a mejorar. Estoy segura de que voy a poder cumplir mi pequeño sueño americano”.

Producción: TOMER URWICZ

Incluso los africanos quieren probar suerte.

El crecimiento de la inmigración tiene atareados a los traductores. De un tiempo a esta parte llaman la atención los pedidos de ciudadanos africanos de Sierra Leona, Togo, Gabón y, principalmente, Nigeria.

Abdul Rasheed es nigeriano y futbolista. Llegó hace nueve años junto a otros 10 deportistas contratados por un representante local. “Apenas llegamos, el uruguayo que tenía que darnos dinero para mantenernos desapareció”, cuenta. “Se borró con nuestros US$ 60.000”. Durante algún tiempo jugó en la tercera división de Peñarol, donde aprendió algo de español. El idioma, dice, es un problema para entender en quién confiar y qué decisiones tomar. Cree que por eso se perdió un buen contrato y ahora busca un nuevo manager. Cada mañana entrena en la Mutual y por las tardes pinta casas y trabaja en un frigorífico.

¿Se discrimina a los sirios?

MARIÁNGEL SOLOMITA – 16 abr 2017

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